Una voz en pro de los derechos de la mujer

Hoy, nuestro Rey Felipe VI me ha recordado a uno de los reyes más queridos y admirados de las últimas décadas en su país, el rey Balduino I de Bélgica, casado con la española Fabiola de Mora y Aragón.

Balduino, al igual que Felipe, recibió la corona tras la abdicación de su padre Leopoldo III. El joven Balduino, con 21 años, la aceptó para evitar un probable derramamiento de sangre entre un dividido pueblo belga. Se convirtió en monarca por responsabilidad con su familia y su pueblo e inició su reinado con un principio claro: el servicio a los ciudadanos, desde su fidelidad a los principios constitucionales y desde su férrea lealtad a la memoria de su padre.

Desde entonces, el rey de los belgas siempre estuvo al lado y preocupado por los que más lo necesitaban: los enfermos, los pobres, las prostitutas… Sí, en efecto, las prostitutas recibieron una inestimable ayuda por parte de los monarcas belgas, Balduino y Fabiola.

Consternados ante la crueldad humana sin límites, los reyes belgas pusieron en marcha distintas iniciativas para ayudar a ese colectivo de mujeres a las que se había despojado de sus propias esperanzas de vida. Los monarcas lanzaron una intensa campaña de opinión pública contra la prostitución mediante reuniones con intelectuales, escritores, periodistas, líderes sociales… El periodista Chris de Stoop fue uno de los que participó en la operación. Además de potenciar los centros de ayuda en el entorno de las zonas donde se ejercía la prostitución, era imprescindible conseguir que los ciudadanos conociesen la realidad de la trata de blancas, el miserable comportamiento de quienes esclavizaban a las jóvenes. Y que se sorprendieran —como se sorprendió el propio rey Balduino— para que lo censurasen y lo erradicaran.

Hasta tal punto llegó esta real cercanía de Balduino a las prostitutas que, tras su fallecimiento durante sus vacaciones veraniegas en la costa española de Motril, a los 63 años, en su funeral de cuerpo presente en la catedral belga de San Miguel y Santa Gúdula (el 7 de agosto de 1993) se leyó el mensaje de una de ellas:

«Ahora que mi amigo se ha ido, ¿quién nos ayudará? Yo vengo de Manila. Mi familia es muy pobre. Me habían prometido un buen trabajo en Europa, pero nos llevaron a un club. Hemos sido tratadas como esclavas. Llorábamos, pero nadie podía ayudarnos. Cuando pude escapar, fui detenida por la policía. He tenido muchísimos problemas. El año pasado, el Rey fue a vernos. Éramos cinco chicas. Nos echamos a llorar otra vez, pero no eran las mismas lágrimas. El Rey me había cogido del brazo y nos escuchaba; solo él nos escuchó. Estaba emocionado. Hay aquí demasiadas víctimas: de Manila, de Bangkok, de Santo Domingo, de Budapest, de Europa del Este… Todas han llegado en busca de una vida mejor en Occidente. Y todas engañadas, obligadas a prostituirse. El Rey luchaba contra el comercio del sexo. Él se puso a nuestro lado. Era un verdadero Rey. Yo le llamaba ‘mi amigo’. Y ahora volvemos a llorar de nuevo: hemos perdido a nuestro amigo».

Sí, Felipe VI me ha recordado hoy al admirado rey de la fragmentada Bélgica por sus valientes elogios a la labor de la congregación religiosa de Las Adoratrices , fundada en España en 1856 y dedicada desde entonces a ayudar en todo el mundo a mujeres víctimas de explotación para buscarles un futuro mejor, trabajo y dignidad. Ha sido durante la entrega del VI Premio de Derechos Humanos Rey de España, concedido este año a estas religiosas.

Felipe VI, al entregarles el galardón, les ha dicho que: “Su voz en pro de los derechos de la mujer es la misma de tantas mujeres que han sido privadas de ella. Todos deseamos que esa voz no calle, que se abra paso hasta muchos oídos, que resuene en las conciencias y que llegue allí donde sea necesario para mejorar siempre la realidad de las personas más vulnerables y desfavorecidas. Tenemos en ustedes, miembros de la Congregación de las Adoratrices, un magnífico ejemplo de la fuerza de cambio que supone el compromiso. Ustedes nos enseñan ‘a releer los signos de incertidumbre e inseguridad como oportunidad y esperanza”.

También, el rey ha destacado que “la tarea de devolver a los oprimidos la libertad es asumida por las Adoratrices como su razón misma de existir. Estas mujeres tienen la valentía de denunciar la realidad actual de la esclavitud que, con distintos disfraces, subyace bajo las diversas formas de trata y violencia que padecen muchas jóvenes y mujeres en todo el mundo. Esta nueva esclavitud, que aparece a veces bajo formas menos visibles, puede venir asociada a realidades deplorables como el tráfico de personas o la delincuencia organizada que debemos saber diagnosticar correctamente y afrontar con firmeza y determinación”.

Y Felipe les ha animado a luchar “con firmeza y determinación” contra las diversas formas de trata y violencia que padecen muchas jóvenes y mujeres de todo el mundo, una práctica que ha definido como una “nueva esclavitud”, cuya “dimensión trasnacional” supone “un desafío contra el que hay que combatir”.

Felipe VI también se ha mostrado satisfecho por poder dar continuidad al patrocinio de esta distinción —el premio de Derechos Humanos Rey de España— que inició su padre, el rey Juan Carlos I, en 2005. Y expresó su orgullo “como español” por el hecho de que con instituciones como las Adoratrices, España “continúe ofreciendo al mundo personas así, con esa capacidad de proyectar un noble ideal a través de las sucesivas generaciones”.