La reina Sofía asegura: “Nunca me he sentido forastera en España”

Ese singular compromiso que asume ante sus propias decisiones, ese alto sentido de la responsabilidad personal, llevó a doña Sofía a sentirse española desde que formalizó su noviazgo con don Juan Carlos. Fue entonces, cuando supo que iba a residir en España y que, en consecuencia, debía ser española. Una cuestión profundamente enraizada en su interior, que la ha llevado a corregir —a matizar amablemente, mejor— a sus interlocutores cuando la han tratado como una extranjera que reside en España: “disculpe, yo soy española”.

Y como tal, se propuso conocer y tratar de identificarse con las costumbres y tradiciones de España. Mantuvo, desde el principio, su tenaz interés por identificarse con cada una de ellas. Aunque, en fin, con algunas sorpresas por su parte. Como aquella ocasión, cuenta que era verano, y se dispuso a acompañar a una familia que había perdido a un ser querido —la esposa de un teniente general— y, ya en velatorio, se dio cuenta de que ella era la única que había acudido de riguroso luto, de los pies a la cabeza, y con medias —como en Grecia y en toda Europa central—, mientras que los familiares y el resto de los acompañantes vestían prendas de todos los colores. “¡Yo era la única que iba de negro, como una cucaracha! ¡Ni siquiera la familia! Me había ‘pasado’: yo allí parecía… la pobre huérfana”, aseguró a Pilar Urbano.

“Me aceptaron, me aceptasteis, enseguida… Venía preparada, por mi madre y por la reina Victoria Eugenia, para encajar que me hicieran el vacío por ser extranjera… ¿Te digo una cosa? Nunca, nunca, nunca me he sentido forastera en España”

Doña Sofía se propuso conocer España, el carácter español, e identificarse totalmente con su país. Comenzó a participar en las manifestaciones populares, culturales o religiosas, junto a los gallegos, los catalanes, los vascos, los andaluces, los asturianos o los navarros… Son numerosas las imágenes, archivadas en los medios de comunicación, que dan fe de su identificación activa con los españoles. Como la de la feria del Rocío, en Huelva. Vestida con traje de flamenca, como una rociera más, sobre el caballo —al paso, sin correr—, junto a sus hijas y a miles de personas que peregrinaban hasta la Virgen para honrarla y acompañarla.