El rey Juan Carlos asegura a Sofía: “Algo pasa en la familia”

Los príncipes volverían al Pazo de Meirás en agosto de 1974. Don Juan Carlos, que debía presidir el Consejo de ministros el día 30, sospechaba que algo se estaba gestando —en su perjuicio— en el seno de la familia de los Franco. Probablemente recibió alguna llamada de alerta, pero sin demasiados datos. Aunque conocía muy bien las maniobras de Carmen Polo y de su yerno el marqués de Villaverde. “Yo sentía confusamente que algo flotaba en el aire. Tengo una especie de instinto, de olfato, para detectar las intrigas que a veces se traman a mi alrededor” (1). Efectivamente, el marqués de Villaverde y Carmen Polo habían convencido a Franco de que don Juan Carlos trataba de lograr su incapacitación definitiva. Así, don Juan regresaría a España y daría paso a una democracia. Aunque Franco no se fiaba de su yerno, porque conocía sus costumbres y había oído hablar de algunos de sus negocios, la posibilidad de ver una democracia en España y el regreso de don Juan le enloquecían. Además, el marqués de Villaverde había conformado un equipo médico con personas de su confianza.

Sorprendentemente, decidieron que Franco estaba prácticamente recuperado. Don Juan Carlos, de vacaciones en Marivent (Palma de Mallorca), viajó al Pazo de Meirás el 27 de agosto. Mantuvo una conversación extraordinariamente sincera con Franco. “Estoy encantado, mi general, de constatar que está mucho mejor. Pronto podrá usted reanudar sus actividades y yo podré retirarme”. Franco, sentado en una butaca, con una manta en las piernas, le contestó: “No, Alteza, proseguid vuestra tarea. Lo estáis haciendo muy bien”. Don Juan Carlos insistió: “No me importa ser príncipe de España, o rey. Pero me niego a cumplir funciones reservadas a usted, mi general”. Pero Franco volvió a pedirle que continuara… “En el Pazo de Meirás confirmé mi impresión de que algo se estaba tramando entre bastidores” (2).

Al día siguiente del Consejo de ministros, el marqués de Villaverde decidió dar el alta médica a Franco. Esa misma noche del 31 de agosto, don Juan Carlos —en Mallorca— escucha telefónicamente, sorprendido, al general: “Alteza, simplemente quería avisaros que he decidido asumir mis poderes a partir de mañana”. Don Juan Carlos se quejó de que no le hubiera dicho nada el día anterior, cuando le insistió para que siguiera en su responsabilidad. Pero Franco puso fin a la conversación: “Buenas noches, Alteza”.

Don Juan Carlos quería dejar de ser jefe del Estado interino, pero no de esta manera. Era la confirmación de sus temores: “Algo pasa en la familia”, comentó a doña Sofía y a algunos de sus colaboradores. El Boletín Oficial del Estado publicó la orden del traspaso de poderes el lunes 3 de septiembre. Pero cuando el clan de El Pardo esperaba que Franco reaccionara contra el príncipe, su sorpresa fue que no lo hizo. Franco pidió a Arias que se desprendiera de los ministros más liberales. Sottovoce, don Juan Carlos había puesto en marcha un arriesgado plan. Es verdad que contaba con un amplio círculo de personas con las que hablaba sin reparos de sus intenciones de futuro. A muchos les conoció durante sus viajes por toda España junto a doña Sofía. A otros, en Madrid, con motivo de sus estancias temporales en los ministerios; y por sus frecuentes encuentros con periodistas… Algunos de ellos, por ejemplo, firmaban artículos en los diarios nacionales, con el pseudónimo Tácito, que llegaron a tener una gran influencia en la opinión pública. Pero esta operación era de mayor calado. Y muy arriesgada para él.

Don Juan Carlos mantenía una muy buena amistad con Nicolás Franco, hijo del hermano del general, que había sido embajador en Lisboa. Con él tuvo mucho trato desde su infancia en Estoril. Nicolás Franco, sobrino del jefe del Estado —aunque no formaba parte del clan de El Pardo—, sugirió al príncipe realizar un estudio sobre lo que pensaban las personas más influyentes del país acerca del futuro de España sin Franco: los editores de periódicos, los empresarios, la jerarquía de la Iglesia, los políticos críticos con el régimen, la oposición clandestina o en el exilio… Así, sin explicar que iba de parte del príncipe —pero insinuándolo—, Nicolás Franco mantuvo conversaciones a fondo con Blas Piñar, Alfonso Osorio, el cardenal Tarancón, Ruiz Giménez, Tierno Galván, Felipe González, Pablo Castellanos… Hasta con Santiago Carrillo. No pudo, sin embargo, conocer lo que pensaban los banqueros (3).

En este trabajo, Nicolás Franco contó con la eficaz colaboración del abogado Mario Armero, una de las personas mejor informadas de España, con un despacho de reconocido prestigio y unas excelentes relaciones fuera del país. A finales de 1974, el príncipe tenía sobre su mesa un amplio informe sobre el estado de opinión de los top de ese momento en España y fuera de España. La inmensa mayoría coincidía en señalar que el régimen estaba en los estertores. Pero ninguno esperaba un cambio hacia la democracia inmediatamente después de la muerte de Franco. Confiaban en una cierta apertura, fruto de la desintegración del régimen franquista, pero con un acentuado continuismo. A su juicio, don Juan Carlos sería continuista. La entrevista más compleja fue la que mantuvieron Nicolás Franco y Mario Armero en París con Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista. “Carrillo tenía una reputación espantosa en España, solo mencionar su nombre suponía una blasfemia. Incluso personas de mentalidad avanzada rechazaban ostentosamente cualquier posibilidad de tener un roce con él”.

Carrillo, que vivía en Italia, se desplazó a París para sentarse con Armero y el sobrino de Franco: “Como verá usted, yo no tengo ni rabo ni cuernos”, le dijo. No se mostró nada optimista sobre las intenciones del príncipe: “Su conducta no le desvincula hasta ahora del que le ha nombrado”. Sin embargo, no fue visceralmente antimonárquico, habló bien de don Juan y sugirió que le otorgaría el beneficio de la duda. Y añadió: De todos modos, tenemos posiciones sólidas en Madrid y yo estaré allí el día en que Franco se muera. En cualquier caso actuaremos. Tenemos gran experiencia en la clandestinidad y un movimiento obrero importante y bien organizado que nos responde. Jugaremos en la vida pública española. Si se cuenta con nosotros, bien; si no, también.

Y vaticinó que tras la muerte de Franco el régimen se desmoronaría y la derecha quedaría fraccionada (4).

1 Vilallonga, José Luis de, op. cit., p. 213.
2 Íd., p. 214.
3 Bardavío, Joaquín, op. cit., p. 84.
4 Íd., pp. 84-88.