Hace 23 años que murió Don Juan de Borbón, abuelo de Felipe VI

El gesto de los monarcas conmovió a España entera. Luego se supo que las imágenes de televisión que revelaron a todos los españoles el dolor de don Juan Carlos y de doña Sofía, durante el entierro de don Juan de Borbón y Wattenberg en El Escorial, no fueron precisamente del agrado de la reina. Ella es, lo ha sido siempre, muy poco dada a expresar sus propios sentimientos públicamente. Cumple siempre con su papel institucional, se acerca con cariño a las personas, comparte su alegría, se emociona con su dolor… Y se queda en un segundo plano inmediatamente después.

Aquel 1 de abril de 1993 no presentaba novedad alguna. Los Reyes de España se encontraban en la Clínica Universitaria de Navarra, donde estaba ingresado don Juan, que desde hace unos días había entrado en estado de coma. Todo parecía ya irreversible, aunque 13 años después de que fuera operado del tumor de su garganta en Nueva York, donde los médicos le habían dado unos pocos meses más de vida.

Como era habitual cuando se encontraban en el centro hospitalario, la familia real acudió al comedor de invitados en torno a las 14.30 horas. Ese día doña Sofía optó por un plato de alcachofas, navarras.

Pocos minutos más tarde, a punto de servirse el café y unos bollitos, sonó el teléfono. Un aparato Siemens, gris, con teclas de dígitos negros, que sobresalía con inusitada vehemencia sobre la encimera de mármol marrón, abrazado por unos soportes de madera adornada con láminas de oro envejecido.

Mari, la doncella que atendía ese comedor de la Clínica, atenta a todos los detalles, descuelga el teléfono y de inmediato pasa el auricular al jefe de la Casa del Rey, Fernando Almansa. Y en ese mismo instante es el propio don Juan Carlos, que se había levantado de la mesa con un cierto aire de preocupación e incertidumbre, el que coge el teléfono: Dígame… Sí, sí, ahora mismo subimos…

Deja a un lado el auricular, levanta los ojos sin querer concretar la mirada… Que subamos corriendo.

Fue doña Sofía la primera en levantarse de la mesa. Un movimiento instintivo, rápido, aunque no atropellado. Miró a la doncella… No tomamos café, nos subimos…

Don Juan fallecía a las 15.30 horas del 1 de abril de 1993 en la habitación donde había estado ingresado en agosto del año anterior, inmediatamente después del entierro de Alfonsito en El Escorial. Ocho meses de actividad limitada, aunque con una cierta proyección pública. En octubre de 1992, por ejemplo, sorprendió a todo el país con unas declaraciones exclusivas al Diario de Navarra, en las que expresó sin tapujos su preocupación por el futuro inmediato de la nación: “Veo a España mal, con su unidad amenazada”. Y el 18 de enero de 1993, fecha en la que recibió la Medalla de oro de Navarra, el Príncipe Felipe leyó el discurso que no pudo pronunciar ya su abuelo. He aquí uno de los párrafos más significativos:

“Querida María: tenemos, tú y yo, la satisfacción de poder decir hoy que nuestra esperanzas y deseos no estaban desencaminados y que hemos administrado prudentemente el legado de la legitimidad histórica, que es, en definitiva, patrimonio de España y de los españoles. Así, cuando España lo ha necesitado, lo ha podido encontrar y hemos tenido la dicha, como súbditos, y la alegría, como padres, de ver encarnada en nuestro hijo, para bien de España, la Institución a la que hemos dedicado nuestras vidas. Por eso podemos decir con orgullo: Señor, deber cumplido”.

El equipo médico de la Clínica de Navarra tenía serias dudas sobre la conveniencia de que don Juan acudiese personalmente al acto de homenaje que iba a recibir. Su estado de salud presentaba síntomas de una extraordinaria debilidad. Pero el día anterior fue sometido a una transfusión de sangre y una leve mejoría le permitió el desplazamiento. Aún así, la Clínica dispuso que una UVI móvil permaneciese alerta en las inmediaciones del lugar donde se celebraba el homenaje por si debía ser trasladado de nuevo al centro médico.

Tras su fallecimiento, España entera le rindió homenaje, como pusieron de manifiesto los miles de ciudadanos que desfilaron ante su ataúd en el Palacio Real.

Durante las honras fúnebres, en El Escorial, don Juan Carlos no pudo reprimir las lágrimas. Y doña Sofía, probablemente con la misma sucesión de imágenes históricas en la mente, agitada en esos momentos por los propios acontecimientos, tampoco. Don Juan, que había llevado a España en su corazón durante sus XX años de vida y que había puesto fin a un matrimonio de 58 años con doña María Mercedes, también supo dar un ejemplo histórico de generosidad al renunciar a sus derechos como legítimo heredero a la Corona de España a favor de su hijo don Juan Carlos, en 1977.